Senda de la Nevera

3´7 km      60 min

El paseo que se propone además de oxigenar nuestros pulmones, fortalecer nuestras piernas, anima al espíritu a recrearse con los sonidos, paisajes, olores e incluso sabores. Pero además anima a la imaginación a crear historias o cuentos sobre los antiguos habitantes de la región, hay huecos de viejas carboneras, se pueden intuir las marcas del pastoreo, fresas silvestres, helechos para “chumarrar” el cerdo en la matanza, cortesanos, príncipes o monarcas cazando por los robledales y encinares, lugareños enterrando el pescado traído del mercado en el hielo de las neveras…

La primera parte del camino discurre entre un bosque de robles y enebros. Cuando llegamos a la parte más alta los robles se mezclan con los pinos para continuar por el cerro, dejando las encinas a la izquierda y los robles a la derecha.

Tanto al principio de la ruta como al final cuando más cerca del pueblo nos encontramos no dejaremos de fascinarnos por la flora y la fauna, esta vez entre cultivos de vid, cereal y olivos, junto a los montes y pastos. Pero también la arquitectura, casas, pequeñas bodegas, almacenes y pajares, señal de que cerca de ciervos, corzos y jabalíes también moran los humanos.

Las neveras

Las neveras servían para almacenar el hielo, hielo natural, almacenado en huecos o “neveros” entre capas de helechos y tierra. Este hielo serviría para conservar alimentos perecederos como carnes y pescados. Los “Neveros” fueron construidos en la cara norte, protegidos del escaso sol por la umbría de robustos robles, en el mismo lugar donde en invierno cayeron sendas y copiosas nevadas.

Flora y fauna

Además de los bosques de robles, encinas y pinos, hay otras especies más escasas y singulares que contribuyen a la biodiversidad, enebros, acebos, nogales, arces, saúcos, brezos, aulagas, tomillos, jaras… En las épocas más propicias crecen setas y hongos.

Entre toda esta diversidad habita una variada fauna. La más fácil de observar son las aves por la cantidad y diversidad, además de por su visibilidad y sonoridad. Entre ellas encontramos el llamativo picapinos, el ruidoso arrendajo, los zorzales, carboneros, herrerillos, pinzones o petirrojos, pero también azores y gavilanes.

Si caminamos con actitud observadora podremos encontrar rastros de mamíferos, huellas, excrementos o bañeras de jabalíes. Entre ellos encontramos: ardillas, jabalíes, ciervos o corzos, también topillos, ratones, musarañas, zorros o erizos; si mantenemos el silencio incluso podremos verlos.

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