Noche de las ánimas

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El inicio de noviembre está marcado en nuestra tradición más reciente por los días de Difuntos y de Todos los Santos, fechas que aprovechamos para visitar los cementerios con el fin de honrar a nuestros muertos. Pero la fiesta viene de más atrás. Su procedencia se remonta a los celtas, según cuyo calendario el año acababa precisamente el día 31 de octubre e iniciaba en noviembre, en el mes de la siembra. La tradición cuenta que era el día en el que los espíritus podían abandonar los cementerios y “resucitar” adueñándose de los cuerpos de los vivos. Con la imposición del cristianismo, la fiesta primero intentó eliminarse y, al no conseguirlo, se convirtió en lo que hoy conocemos como Día de Todos los Santos (1 de noviembre) y el día de los muertos o de difuntos (2 de noviembre).

Hoy en día es conocida mundialmente con el nombre de Halloween, expresión anglosajona cuyo significado es, más o menos, la noche de las ánimas. Antiguamente durante el día de esta festividad las campanas tocaban a muerto. En las casas y en las iglesias se encendían velas y lamparillas y se colocaban también en las ventanas de las casas.

Los niños vaciaban calabazas por un pequeño agujero hecho en su base, les hacían agujeros con forma de ojos, nariz y boca de aspecto terrorífico y les ponían dentro una vela encendida. Estas calabazas se ponían en las esquinas de las calles para asustar a la gente. Había alguna persona que se disfrazaba pintándose la cara con carbón.

El día 2 de noviembre era tradición sembrar la primera yubada, así se daba comienzo a la sementera (la siembra del cereal), que se consideraba la mejor cosecha del año.

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